
El trabajo que desde hace años y de forma tácita desarrolla Fabián Schalekamp (Palma, 1964) constituye un ejemplo de rigor y coherencia en el contexto de la plástica balear.
Nacido en el seno de una familia de intelectuales —su padre, Jean Schalekamp, era un reconocido escritor, y su madre, Muriel D. Hess, era artista plástica—, fue educado en unos principios de respeto hacia la naturaleza que, con el tiempo, se han convertido en el eje vertebrador de una obra que ha ido transitando ámbitos como los de la escultura, el dibujo, la fotografía, la intervención, la instalación o el environament y que siempre ha sido reacio a exhibir, sin duda convencido de que la única razón de ser de una pieza era su comunión con el medio ambiente y que cualquier otro argumento al margen de este principio era accesorio y por tanto prescindible.
"Cuando entro en el bosque no escucho a los pájaros, sino el latido de las raíces. Bajo mis pies se extiende una red invisible que comparte agua, nutrientes y memoria. Nada vive solo. El bosque existe porque cada uno de sus elementos sostiene a los demás en un equilibrio silencioso y persistente", nos dice Schalekamp, y rama a rama conforma un bosque imaginario —una evocación al bosque interior que todos llevamos dentro y que con excesiva frecuencia olvidamos— que sirve a la vez como refugio y como ámbito de reflexión que nos invita a recordar que bajo cualquier paisaje hay siempre una trama de relaciones que hace posible la vida. Quizás proteger el bosque no consista únicamente en conservar los árboles, sino también en recuperar la conciencia de nuestra interdependencia con todo lo que nos rodea. El corazón del bosque no es un lugar, es una manera de repensar el mundo: cuidar, conectar y comprender que lo que ocurre bajo tierra también sostiene nuestro futuro.
Estas estructuras mínimas, tan gráciles como etéreas, no imponen su forma sobre el espacio, sino que dialogan con él —con el techo, con las paredes, con el suelo— desde la modestia, desde el silencio a veces, siempre desde el respeto. Sus líneas abiertas, ligeras e irregulares, parecen trazar geometrías efímeras que no buscan la permanencia ni la monumentalidad. Son pequeñas arquitecturas del instante, lugares mínimos que alimentan un equilibrio impensable, y que desde su ligereza contribuyen a recordarnos que la naturaleza no es un ente pasivo, sino un tejido de relaciones en constante cambio. Son invitaciones a imaginar otras formas de cohabitar con el medio, más lentas, más atentas, más humildes.